Dos años y 363 días han pasado desde la última vez que me he
sentido así. Tanto tiempo desde la última vez que he sentido que el aire no me
llegaba a los pulmones. Casi tres años desde que un frío me invadió empezando
por el interior y acabando por dominar todo mi cuerpo.
Y no es mayor la pérdida, ni siquiera lo es. Quizá no fuese
eso lo que me llevase a temblar en aquel momento, sino el miedo. El mismo miedo
irracional que ahora me tiene prisionera. Porque no es racional temer a nada,
dicen que cuando crees firmemente en algo, o en alguien, no tienes miedo a
nada. Y yo estoy aterrada. Puede que lo que más tema, al final, sea a la
realidad.
Es tan sencillo, tan cómodo, vivir una ficción que creas
para ti, que de pronto te ves en un mundo diferente al que habías imaginado,
mucho más cruel, mucho más simple y mucho más desconsiderado. Que en ese mundo
real nadie se preocupa por ti, ya no eres el protagonista de tu propia
historia.
Ahora ya solo queda esperar, esperar a que el frío se vaya,
a que el miedo me abandone, para poder enfrentarme de nuevo a un espejo, para
volver a empezar de cero por dentro, para poner en contador a cero después de
la nueva ruptura.
Porque hay meses para los rubios y para los morenos, los
castaños y los pelirrojos… pero febrero no es para nadie, febrero está
destinado al dolor.