El fuego de tu mirada, reflejo de tu alma pura; se ha perdido esta mañana entre lágrimas que lo apagaban. Y yo, artífice de sofocar ese incendio, lucho por apartarme de ti, sabiendo que no te puedo provocar más que llanto, dolor del que no se ve, del que no deja marca pero sí huella.
Es de sabios rectificar, de cobardes huir, de valientes llorar. No quisiera decir, ni si quiera pensar, que al escapar de tu vida, dejaré de causarte mal. Pero, egoísta de mi, que no piensa en los demás, me pregunto en silencio...¿acaso no he matado ya?
Mi boca, que asesina con palabras tu intento de humanidad. Mis ojos, que acaban en tu sonrisa para poderla borrar. Y ahora yo, consiente de mi crueldad, puedo decir con amargura que te amaré hasta el final.
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