jueves, 30 de agosto de 2012

Palabras desde un banco del parque

Necesitaba aire, he cogido los cascos, me he puesto ropa cómoda y he venido a un sitio tranquilo, este parque que hay al lado del colegio, el que tiene detrás una iglesia pequeñita. No hay mucha gente, solo algunas personas que pasean perros, por lo demás está desierto. Era lo que andaba buscando: brisa que anuncia la llegada del otoño, las primeras hojas que ya caen...soledad.
Quiero escribir sobre esa sensación tan extraña que tengo en el pecho, me duele al respirar, me duele por dentro, ésa que hace que la música no pase a mi corazón, que se quede en mi cabeza y de ahí se vaya sin pedir permiso.
Llevo ya bastante tiempo así, y no lo quiero admitir, no quiero parecer débil, pero lo soy, soy sumamente débil, frágil, quebradiza. No sé aceptar que necesito pedir un abrazo, o que me lo den sin preguntar. Un abrazo que me deje sin aliento, que se lo lleve lejos, que no deje que vuelva a mi hasta pasado un tiempo. Solo necesito un abrazo, pero nadie me lo da.
También quiero hablar de lo que se ha roto dentro de mi, no sé cuándo, cómo ni por qué...tampoco me interesa saberlo. Es algo parecido al dolor, pero no duele, se parece a un gran vacío, puede que sea eso, que se haya marchado una parte de mi alma, que se haya perdido en la inmensidad del mar.
De pronto se me ha venido el mundo abajo, los malos recuerdos, los temores que creía desterrados de mi para siempre, han vuelto, y lo han hecho con más fuerza que antes, con más pesar y de imprevisto.
Se me cierra el estómago cada vez que lo pienso, pero me da tanto miedo el futuro que no puedo remediarlo, me bloqueo y digo cosas sin sentido...puede que lo que escribo ni siquiera lo tenga, puede. Imaginar que todo cambiará, la gente, esta ciudad, yo...o que todo seguirá igual, me dan miedo ambas cosas.
Tenéis toda la razón del mundo si pensáis que soy una miedica, lo soy. Pero lo disimulo tan bien que a veces hasta me olvido de ello y me estalla en la cara. Éso es lo más duro, esconderte de lo que eres pero no quieres ser, es ese orgullo el que lo arrasa todo, tapando cualquier señal de cariño o afecto. Pero de repente llega alguien a tu vida que te pone una mano en el hombro y te dice que estés tranquila, que no pasa nada, alguien que no te da consejos, que simplemente está ahí, esperando por si necesitas algo.
Todos necesitamos que en algún momento ocurra esto, que ese alguien nos diga que podemos dejar de fingir, que ya podemos ser nosotros mismos.

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