¿Y si me equivoqué aquella vez? ¿Y si me he vuelto a equivocar? Con una sola mirada puedes decir tanto y tan poco; con un solo asentimiento o una negación lo puedes perder y ganar todo. Esta vez creo que ha sido un error de los grandes, de los que no te dejan dormir varias noches, de esos que te congelan el alma y no te dejan pensar, de los que duelen más por dentro que por fuera.
Y si es verdad que me acabo de equivocar, no entiendo por qué solo lo puedo admitir ante mi y no ante los demás, en quienes ha recaído mi error. Ah, sí...el orgullo, mi fatídico compañero que no se digna a abandonarme ni un solo día entero, ¿algún día lograré que se vaya? sueño con ello desde hace mucho tiempo, demasiado tiempo.
Una vez más, el problema vuelve a ser el tiempo, el que tenemos, el que nos sobra...y el que nos falta, ese siempre está presente, listo para tirársenos encima y ahogarnos el sentido. ¿A quién no le ha faltado tiempo para despedirse de alguien? ¿Quién no ha desperdiciado el tiempo y más tarde se ha arrepentido? ¿Quién? Yo no.
Queramos o no, siempre seguiremos siendo los mismos por dentro aunque nuestro cuerpo cambie, aunque dejemos de ser niños, aunque pasemos a ser ancianos...existe una parte de nosotros que nunca cambia: el corazón. Puede que se endurezca, que se oculte, que se rompa...pero siempre va a ser con el que nacimos y con el que moriremos. Son todos tan diferentes entre sí, tan bonitos, con tantas pasiones, tantos secretos, tantos sentimientos, sensaciones...tan únicos.
Pero hay un rinconcito en ese corazón que lo tenemos reservado para los malos momentos, y se expande tan rápido que no nos deja reaccionar, que lo envenena todo antes de que nos podamos dar cuenta, y cuando vemos el producto final: un pedacito de nosotros muere.
Hoy ha muerto una parte inmensa de mi, y no soy ni la mitad de fuerte de lo que hay que ser para reconstruirme por dentro, yo necesito que alguien me traiga el cemento, que otros me ayuden a colocar los ladrillos...que poco a poco, vuelvan a alzar la catedral de mi ser.
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