Dicen que todo lo que somos está escrito en las cicatrices
que el paso del tiempo deja dentro de nosotros. Aprender a leer esas marcas
constituye quizá la única forma de llegar a conocernos de verdad, ser capaces
de querernos como nadie nos haya querido jamás. Hay quien dice que no hay
heridas en el alma, pero todo lo que nos pasa queda grabado en ese lugar de
oculto acceso. Una sonrisa deja un pequeño atisbo de calma en ella, una mala
cara puede borrar toda la felicidad que aspirábamos a conseguir. Pero, sobre
todo, nuestro propio ánimo, nuestro enemigo más fuerte, ése que nunca se rinde.
No se rinde no porque seamos débiles, sino porque es una batalla que luchamos
contra nosotros mismos, lo que hace que siempre acabemos perdiendo una parte de
nuestro ser. Es eso lo que aterra a la gente: perderse. Si te pierdes y no hay
nadie que te encuentre, tu vida pasa a carecer de sentido, una vida sin futuro,
solo un presente sin sol que lleva a la confusión de quien no sabe dónde va, de
dónde viene. Alguien que no sabe realmente quién es pero tampoco le interesa descubrirlo.
Temerse a sí mismo es el mayor error que se puede cometer. Se le puede tener
miedo a la oscuridad, a la soledad, a la muerte…pero nunca a quien está en un
rincón de nuestra mente, es esa pequeña porción del ser humano la que le protege
del resto de los temores. ¿Tendría sentido temer a quien te va a salvar?
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