domingo, 30 de septiembre de 2012

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Te despiertas, enfadado con el mundo, y solo quieres estar solo, que nadie te hable, que te ignoren y te dejen en paz. Necesitas aire y sales, mirando al suelo, examinando las baldosas como nunca antes lo habías hecho. Hace frío y no te importa no ir abrigado, el viento fresco te aclara la mente, es el único que lo hace, el único que te ayuda, escuchando tus pensamientos en silencio, sin emitir juicio alguno.
Llegas a un parque y te sientas en el banco más alejado que encuentras, te sientas sobre el respaldo, dejando los pies en el asiento, clavas los codos en las rodillas y hundes la cara entre tus manos. Lloras en silencio, pero no brota de tus ojos lágrima alguna, es un llanto apagado...que tan solo deja escapar un leve quejido casi imperceptible.
No miras lo que pasa alrededor, la belleza que te rodea, como tampoco caes en la cuenta de que aún no ha amanecido, que eres la única persona en ese parque, que la angustia que te asola por dentro puede ser fruto de esa soledad provocada, que has buscado y encontrado sin ayuda de nadie.
Los minutos pasan y tu dolor interno no cesa, sino que crece a pasos agigantados al mismo tiempo que el sol asoma entre las montañas que podrías ver a lo lejos si levantaras la mirada.
Empieza a haber luz, las farolas desisten en su empeño para dejar brillar al astro rey, y tú sigues como antes, confuso. La gente sale como cada mañana, pero para ti no lo es, no es una mañana cualquiera, es un mal día que nadie ni nada puede arreglar.
Has salido a la calle con la esperanza de encontrar algo que no has hallado: una respuesta, una respuesta que te explique el porqué de las cosas, algo que te convenza de que merece la pena seguir luchando por algo que ya has perdido no una, sino millones de veces.
No hay respuesta, no existe, nadie la tiene, todos la buscamos como si la fuésemos a encontrar en algún lugar, en alguno de nuestros refugios, estamos tan equivocados...

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