Un día te dije que no se podía aspirar a conseguir algo que está demasiado alto. Con tu sonrisa de niño pequeño negaste mirándome a los ojos, y con esa voz suave que pones solo en determinados momentos me susurraste que te ayudase a volar.
Te miré sin entenderte, ahora viéndote como el adolescente que eras, volviste a sonreír, dejando que el silencio hiciera su trabajo. El tiempo que pasamos en silencio es mucho más valioso que el contaminado por la voz, eso también me lo enseñaste tú.
Dejaste pasar unos segundos eternos, se me antojaron horas a tu lado. Y poco a poco adoptaste tu forma de adulto para aclarar mi duda, aún no pronunciada. Me contaste una bonita historia...me dijiste que para construir un muro había que elegir cada día de tu vida la mejor piedra que encontraras, e ir colocándolas una tras otra, sin descansar ni una sola jornada.
Mi cara reflejaba la perplejidad de quien no llega a comprender la enseñanza de una vida vivida mucho antes de lo normal. Esa parte sabia y anciana de ti tomó la palabra para aclarar mi mente, y volviendo a ese tono dulce que me cautiva todavía hoy, me repetiste la misma frase: "ayúdame a volar". Y solo entonces comprendí que lo importante no es lo lejos que esté una meta, sino la constancia con la que avanzamos hacia ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario